EL CABALLO MOJINO

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    EL 3 DE MAYO DE 1904 SE CELEBRÓ UNA CARRERA DE CABALLOS EN LA MESA de la Santa Cruz. Se verificó este acontecimiento entre una yegua, propiedad de don Eleuterio Saracho (nativo de España y radicado en Valparaíso) y un caballo de don Rogaciano Felguérez. La apuesta consistía en dos mil pesos oro. La yegua era conocida como “El As de Oros” y el caballo, por su color, como “El Caballo Mojino”. Los dos caballos tenían muchísima fama por toda la región. Llegó gente de los ranchos y de otros municipios, unos en burros, otros en caballos.

    Los ricos, como don Eleuterio, don Rogaciano, Hilario Medina y doña Lupe Ibarra, llegaron en sus coches de postín. Se amenizó el ambiente con música; se cantaron canciones de moda: Pajarillo errante, El sauce y la palma, El corrido del pantalón y El sombrero, entre otros. Después, siguió la merienda en los baños de Atotonilco. Le tocó llevar la comida a los papás de don Manuel Gurrola, los platos los aportó don Hilario Medina. El menú principal, nopalitos con carne de puerco con chile rojo, frijolitos fritos con chorizo y queso añejo.

    A las tres de la tarde comenzó la competencia, todos enmudecieron, estaban nerviosos. La mayoría apostaba al caballo de don Rogaciano, este noble animal era el favorito de la tarde. Los hacendados de la región habían comprometido mucho dinero. Hasta los pobres tenían en prenda su pequeño capital: yuntas de bueyes, troncos de mulas, carretas, pistolas, incluyendo monturas de caballo.

    La gente, que no contenía su desasosiego, se inquietó cuando un hombre bajito y delgado trepó de un salto ligero sobre “El As de Oros”; era nada menos que José María Padilla, El Diablo Verde. Su indumentaria consistía en una camisa de seda de color negro, pantalón muy pegado a la pierna, un pañuelo verde amarrado a la cabeza y unos calcetines del mismo color.

    El otro corredor vestía pantalones amarillos, camisa, calcetines rojos y pañoleta morada. La gente, al verlo, gritó de puro gusto, se oían por doquier gritos de júbilo, animando al casi seguro vencedor. Los dueños de los caballos estaban pálidos. De repente se rompió el silencio. Se oyó exclamar:

    – ¡Y se vinieron!– dijo uno.
    – ¡Allá vienen!– dijo otro.

    Los caballos pasaron como rayos. Nadie respiraba. No se escuchaba ni el ruido de una mosca. El juez sacó su pañuelo y dio el gane a la yegua de don Eleuterio Saracho. Enseguida, un lacayo colocó dos morrales de dinero a un lado de sus pies. Don Eleuterio ni siquiera contó el dinero, los dos eran hombres de palabra y de fiar. Don Rogaciano era un viejo violento, acostumbrado a que sólo su palabra valiera, quedó muy ofendido.

    En castigo dejó al pobre caballo sin alimento, quería que el animal se muriera de hambre. Pasaron los días y se le fue bajando el coraje, de nuevo volvió a montar en su noble corcel. Un día que se paseaba por la cabecera municipal, se encabritó el animal, don Rogaciano se bajó del caballo, sacó su pistola y le disparó en la cabeza. Había, por ese tiempo, un conjunto musical que dirigía un viejito humilde de nombre Estanislao, tocaba el arpa, él compuso el corrido.

    A su grupo se le conocía como “Tanilo y sus pitos”. Don Filiberto Nava, originario de Valparaíso, se fue a vivir a la Ciudad de Zacatecas, era un hombre respetable. Por él se conoció esta historia. De 1913 a 1916 el Ejército del Centro estuvo acantonado en Valparaíso y el General don Santos Bañuelos pedía a los músicos que le tocaran el corrido de “El caballo mojino”.

    En las calles, rodeos, peleas de gallos y corridas de toros se podía escuchar este corrido, que llegó a ser el himno de los villistas. En Monte Escobedo, Jerez, Fresnillo, Zacatecas y Colotlán, principalmente, don Santos pedía que le tocaran su pieza favorita. En una ocasión, en Jerez, solicitó que la ejecutaran 18 veces consecutivas.

    Mientras estuvieron los villistas en el Valle, se vivió en paz y tranquilidad. Nunca hubo pleitos, ni escándalos, todo el día se escuchaba a los músicos tocando “El Caballo Mojino”. Durante esos años no hubo autoridades municipales. Fungía 33 como tal doña Carlotita García, esposa del General Tomás Domínguez, ayudada por Adelita Chávez.

    Doña Carlotita fue una mujer filantrópica que ayudó mucho a los pobres del Valle. Después del triunfo de los villistas, en el Cerro de la Bufa, llegaron los revolucionarios con costales llenos de dinero en oro y doña Carlotita lo repartió entre los menesterosos y humildes de Valparaíso. En el año del hambre (1916), socorrió y ayudó a los necesitados y enfermos.

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